En muchos pisos de Barcelona pasa lo mismo: las puertas están bien estructuralmente, los armarios empotrados siguen siendo prácticos, pero todo se ve “viejo”. No porque esté roto, sino por el tono amarillento, los golpes en los cantos, los herrajes desfasados o ese barniz que ya no tiene vida. Y ahí es cuando surge la duda: ¿me compensa cambiarlo todo o puedo renovarlo sin meterme en una obra grande? La realidad es que, con un buen proceso, puedes transformar puertas y armarios de forma espectacular sin sustituirlos. Si buscas Pintores de pisos en Barcelona, aquí puedes ver nuestro servicio y contarnos qué necesitas; muchas veces el resultado final parece carpintería nueva, pero sin desmontar media casa.

Lo importante, eso sí, es no tratarlo como un “pinto y listo”. Renovar bien tiene una secuencia lógica: entender el soporte, preparar, reparar, imprimar, aplicar el acabado con manos finas y rematar detalles. En Obrescat lo explicamos tal cual al cliente: el 70% del éxito está en la preparación y en el orden del trabajo. Lo que se ve bonito al principio, pero no está bien preparado, es lo que acaba saltando en las zonas de roce.
Entender el material: la diferencia entre un trabajo que aguanta y uno que se desconcha
Antes de pensar en colores o estilos, conviene saber qué tienes delante. Hay puertas de madera maciza (más habituales en fincas antiguas), puertas chapadas, puertas huecas lacadas, y armarios con frentes de melamina o laminado. A simple vista pueden parecer similares, pero no se comportan igual con el lijado y con la adherencia de la pintura.
Cuando llegamos a un piso, lo primero que revisamos son tres cosas: el estado del acabado (barniz, laca o esmalte viejo), el estado físico (golpes, cantos reventados, hinchazones por humedad) y el uso real (si son puertas de paso continuo, si son armarios de entrada donde hay mochilas y llaves, si hay niños o mascotas). Esto último parece una tontería, pero no lo es: una puerta de habitación que apenas se toca permite un acabado más delicado, mientras que el armario del recibidor necesita resistencia de verdad.
También miramos algo muy típico: el roce por desajuste. Si una puerta roza en el suelo o en el marco, cualquier pintura nueva sufrirá en ese punto. Renovar sin corregir roces es como estrenar zapatillas con una piedra dentro: al final lo pagas. Por eso, cuando hay roces o descuadres, ajustamos bisagras o hacemos pequeños calzos antes de empezar. Es una parte “invisible”, pero es la que evita que el acabado se marque a los dos meses.
La decisión estética: elegir acabado con cabeza y no solo “porque está de moda”
Una vez entendido el soporte, llega la parte que a todos les apetece: cómo quieres que se vea. Aquí solemos hablar de tres familias: esmalte al agua (mate o satinado), lacado más “fino” y barnices si quieres conservar la veta. No existe un único camino bueno, existe el camino que encaja con tu piso y con tu día a día.
En pisos modernos o cuando el cliente quiere un salto visual rápido, lo más habitual es elegir un blanco roto, un greige suave o un tono arena. Ese tipo de tonos iluminan sin dejar la casa “clínica”. Si el piso tiene suelos de madera y luz natural bonita, un tono cálido funciona de lujo. Si el piso es más oscuro o interior, se puede buscar un blanco más luminoso, pero cuidando el acabado para que no “cante” cada marca de mano.
Aquí entra un punto clave: el brillo. En pasillos estrechos o con luz rasante, el brillo alto delata imperfecciones. Por eso, en vivienda, suele funcionar muy bien un satinado suave o un mate lavable. El satinado se limpia mejor y aguanta más los roces sin verse sucio, mientras que el mate tiene un look más contemporáneo, más “arquitectónico”. En Obrescat no vendemos el mate como “lo mejor” sin más: lo recomendamos cuando el producto es lavable y cuando el uso lo permite.
Y si el cliente pide “acabado de fábrica” tipo puerta lacada perfecta, lo hablamos claro: se puede lograr, pero requiere más control del polvo, manos muy finas y, a veces, trabajar en taller. No es lo mismo pintar una puerta colgada en casa, con vida alrededor, que hacerlo en un entorno controlado. Lo que no hacemos es prometer un lacado industrial sin condiciones, porque eso es vender humo.
La preparación: el paso que nadie ve y el que más influye en el resultado
Si hay una parte que marca la diferencia entre un “repintado” y un “estreno”, es la preparación. Es la fase menos agradecida porque no luce en fotos, pero es donde se gana o se pierde durabilidad. Y en puertas y armarios, la durabilidad importa, porque son superficies que se tocan constantemente.
La secuencia suele empezar con limpieza. En puertas de cocina y armarios, hay grasa acumulada aunque no la veas. Si no desengrasas bien, el producto se puede agarrar “a medias” y, con el tiempo, saltar alrededor de tiradores y bordes. Luego viene el lijado o matizado. No se trata de “comer” material, se trata de abrir poro, matar brillo y eliminar lo suelto para que la imprimación tenga dónde agarrar.
Después, aspirado. Y aquí somos pesados: aspirado de verdad, no “paso un trapo y ya”. El polvo fino arruina acabados. Tras aspirar, usamos paños atrapapolvo para rematar. En pisos habitados, además, realizamos protección total del mobiliario y suelos. No es solo por manchar: es para trabajar con calma, sin ir esquivando muebles y sin que el cliente sienta que vive dentro de una obra. La idea es que el proceso sea ordenado, y que el piso siga siendo funcional mientras se renueva por fases.
Cuando el soporte es melamina o una laca muy cerrada, la imprimación es obligatoria. Este punto es donde más “atajos” vemos en trabajos baratos: se pintan frentes directamente, y al poco tiempo aparecen desconchones en esquinas. La imprimación de adherencia es lo que hace que el esmalte no sea una “capa superficial”, sino un sistema que se ancla al soporte.
Reparar antes de pintar: cantos golpeados, masillas y esos detalles que cambian el nivel
Hay puertas que solo están apagadas, y otras que han vivido mucho. Cantos golpeados por aspiradoras, uñas de mascotas, carritos, golpes de mudanzas… Si esos golpes se pintan sin reparar, se verán igual, pero “en otro color”. Por eso, antes de pasar a imprimación, repasamos golpes con masilla adecuada.
Aquí también hay un matiz: no todas las masillas valen para todo. Para madera, usamos una masilla que se lija bien y no se retrae de forma exagerada. Para zonas más “vivas” o cantos que reciben golpes, conviene una masilla que aguante mejor. Luego se lija hasta dejarlo a ras, porque el esmalte, especialmente en tonos claros, marca cualquier relieve.
En armarios empotrados, además de golpes, solemos ver cantos de melamina levantados. Si el canto está despegado, no pintamos encima. Se pega, se presiona, se sella y se deja estable. Es un paso sencillo, pero si lo saltas, el canto volverá a moverse y el acabado se romperá en ese punto.

Todo esto forma parte de la idea de “renovar sin sustituir”: no estás tapando, estás recuperando. Por eso el trabajo se parece más a un “restaurar” que a un “dar una mano”.
Aplicación del acabado: manos finas, tiempos de secado y el truco del tacto suave
Una vez preparado, el acabado se aplica con paciencia. Si hay un error que vemos a menudo cuando alguien lo intenta por su cuenta, es cargar demasiado producto “para acabar antes”. En puertas, una mano cargada deja textura, marcas de rodillo, chorretones en cantos y una sensación de “pintado a lo rápido”. La solución es simple, pero exige calma: manos finas y bien estiradas.
Cuando usamos esmalte al agua, solemos aplicar con rodillo de poro fino en superficies grandes y brocha buena en cantos y perfiles. La brocha mala deja surcos; la buena ayuda a nivelar. Y el rodillo, si es el adecuado, deja un acabado uniforme sin piel de naranja. Entre manos, un lijado suave con grano alto es el secreto para conseguir ese tacto sedoso que notas al pasar la mano por la puerta. No es lijar para “quitar pintura”, es lijar para eliminar microimperfecciones y ayudar a que la siguiente mano quede más fina.
También hay que entender la diferencia entre secado al tacto y curado. Que una puerta “parezca seca” no significa que esté lista para el trote. Si cierras fuerte, si montas la manilla y aprietas, si apoyas una bolsa… puedes marcar el acabado. Por eso organizamos el trabajo para que el cliente pueda vivir, pero sin forzar el uso de las superficies recién pintadas. A veces es tan fácil como dejar esa puerta entornada y poner un tope para que no golpee.
Armarios empotrados: cómo conseguir que el conjunto se vea nuevo, no solo “pintado”
Con armarios, el error típico es centrarse solo en los frentes. Pintas puertas y, de repente, el marco, las tapetas o el interior visible se ven más viejos aún, porque el contraste aumenta. Para que el armario parezca renovado de verdad, hay que mirar el conjunto.
En armarios abatibles, el proceso es prácticamente el mismo que en puertas interiores. En correderas, además, revisamos guías y rodamientos. Si una corredera va dura o está desalineada, acabará rozando y “comiéndose” el acabado. Es mejor invertir un rato en ajustar que ver cómo se marca a las dos semanas.
En interiores, muchas veces basta con limpieza profunda y un repaso en zonas visibles. No siempre tiene sentido pintar todo el interior si está bien, pero sí conviene cuidar lo que se ve al abrir. Y en armarios de entrada o de dormitorio principal, el cambio de tiradores y la alineación de puertas hacen que el resultado parezca de una reforma mayor.
Aquí, además, encaja muy bien el criterio de pintores de interiores en Barcelona cuando el objetivo es armonizar el conjunto: puertas, armarios y paredes con una misma línea de acabado, sin que parezca “una cosa de cada color”. Y si el piso está amueblado, se puede planificar por fases para que no te quedes sin guardarropa.
Vivienda habitada: cómo se organiza para no perder la semana (ni la paciencia)
La mayoría de clientes no se van de casa para renovar puertas y armarios. Y no hace falta. La clave es planificar por zonas y mantener una rutina de protección y limpieza. Nosotros solemos proponer una secuencia: empezar por puertas menos críticas, seguir por armarios secundarios y dejar para el final los elementos más usados (por ejemplo, el armario principal o la puerta del baño si es la única).
Esto también ayuda a mantener la casa operativa. No tiene sentido desmontar todas las puertas a la vez si el cliente está viviendo. Se puede trabajar con puertas colgadas o desmontarlas una a una para tratarlas mejor, según el caso. Y si el piso tiene pasillos estrechos, se protege y se crea una “ruta” para circular sin tocar pintura fresca.
En este tipo de trabajos, la sensación de “obra” se reduce mucho si se controla el polvo, se aspira a menudo y se dejan remates limpios al final de cada jornada. No se trata de ir rápido, se trata de ir ordenado. Y cuando el proceso es ordenado, el cliente lo vive con tranquilidad.
A nivel de percepción, además, renovar puertas y armarios suele ser un cambio que se nota desde el primer día. En un piso pequeño, por ejemplo, unas puertas claras y uniformes aumentan sensación de luz y de amplitud. Es un truco de interiorismo muy directo: superficies verticales limpias hacen que el espacio se vea más “nuevo” aunque no hayas tocado nada más.
Detalles que rematan: tiradores, bisagras, topes y esos “pequeños grandes” cambios
Aquí está el punto donde muchas renovaciones suben de nivel. Cambiar tiradores es barato comparado con cambiar puertas. Y el impacto visual es enorme. Tiradores en negro mate, níquel cepillado o latón suave pueden modernizar un armario sin tocar nada más. Además, en muchos casos sirven para tapar marcas de tiradores anteriores si eliges una medida más larga o usas una placa.
Las bisagras también importan. Si la puerta cae, no cierra bien o roza, lo primero que sufrirá será el acabado. Ajustarlas es parte del trabajo serio. Lo mismo con topes: un tope mal puesto hace que la manilla golpee pared y, con el tiempo, se descascarille la pintura en ese punto. En pisos con niños, esto es especialmente frecuente.
Y no olvidemos el marco. Pintar hoja y dejar el marco amarillento es como cambiarte la camisa y dejarte el pantalón lleno de pintura. El conjunto debe tener coherencia. Por eso, si se renuevan puertas, se suele repasar marco y tapetas, aunque sea con una mano extra. Es lo que hace que parezca “instalación nueva”.
Taller o in situ: cuándo compensa cada opción (sin venderte la moto)
Hay dos maneras de hacerlo: in situ (en casa) o llevando puertas a taller. No hay una respuesta única. In situ funciona muy bien cuando quieres rapidez por fases, cuando necesitas usar la vivienda y cuando el acabado elegido es un esmalte de calidad bien aplicado. Con buena protección y manos finas, el resultado es muy bueno y totalmente duradero.
El taller compensa cuando buscas un lacado muy uniforme, cuando hay muchas hojas y quieres máxima homogeneidad, o cuando el entorno de la casa hace difícil controlar el polvo. También cuando hay trabajos de reparación más intensos. En taller se trabaja más cómodo y el acabado puede quedar más “industrial”.
Lo que sí es importante es ajustar expectativas: si alguien quiere acabado perfecto tipo fábrica, lo hablamos desde el principio para elegir el método adecuado. Y si el cliente está encantado con un acabado moderno, limpio y resistente sin necesidad de “museo”, entonces in situ suele ser ideal.
Costes y tiempos: cómo pensar el presupuesto sin caer en comparaciones tramposas
El coste de renovar puertas y armarios depende mucho de la preparación. Si la puerta está en buen estado, es un trabajo más directo. Si hay golpes, barniz suelto, cantos levantados o mucha grasa, el tiempo sube. Y cuando sube el tiempo, sube el presupuesto. Por eso, comparar “precio por puerta” sin ver estado es una trampa muy habitual.
A nivel orientativo, una puerta interior puede requerir entre uno y dos días contando preparación, manos y secados (sobre todo si se busca un tacto fino). Un armario empotrado medio puede irse a dos o cuatro días, dependiendo de número de hojas, correderas y estado. Si es un conjunto completo, suele planificarse en una semana aproximada, trabajando por zonas.
Lo que recomendamos es pedir un presupuesto que detalle preparación, imprimación, acabado, protección y remates. Ahí se ve quién está haciendo un trabajo serio. Y si además el cliente quiere aprovechar para dar un repaso general a paredes o techos, se puede coordinar para que todo tenga coherencia estética.
Sobre este tema, en este otro artículo te explicamos qué debe incluir un presupuesto de reforma para que puedas comparar sin sorpresas y detectes dónde suelen “recortar” en trabajos que luego fallan.
Errores comunes que arruinan el resultado (y que se evitan siguiendo una secuencia)
El fallo número uno es no desengrasar. Parece básico, pero es el origen de muchos desconchones. El segundo, no usar imprimación de adherencia en melaminas o lacados cerrados. El tercero, cargar demasiado producto para “acabar antes”. Ese exceso se paga en forma de textura y marcas.
Otro error típico es el montaje temprano de herrajes. Apretar tornillos sobre pintura que aún no ha curado deja marcas. Y el último, el parcheo mal hecho: si hay que retocar, se integra, se lija suave y se repasa de forma que no se note el corte.
Cuando se hace bien, la renovación no solo es estética: mejora el mantenimiento. Una puerta con un esmalte lavable se limpia mejor, resiste mejor el uso diario y no amarillea como algunos barnices viejos. En pisos destinados a alquiler o venta, es una de las acciones con mejor relación coste-impacto, porque el “antes y después” es inmediato.
Cierre: una reforma sin obra que se nota cada día
Renovar puertas y armarios sin sustituirlos es una de esas decisiones que te hacen sentir que has “estrenado casa” sin meterte en derribos, escombros ni semanas de polvo. Cambia la luz, cambia el estilo y, sobre todo, cambia la sensación de cuidado. Si además rematas con herrajes nuevos, ajustes finos y un acabado bien elegido, el resultado deja de parecer un repintado y pasa a parecer carpintería nueva.

Preguntas frecuentes sobre renovar puertas y armarios sin sustituirlos
1) ¿Es mejor pintar en casa o llevar puertas al taller?
Depende del acabado. En casa va perfecto para esmaltes modernos y trabajo por fases. Taller compensa si quieres un lacado muy uniforme y control total del polvo.
2) ¿Hace falta imprimación siempre?
En madera porosa a veces no, pero en melamina, lacados brillantes o superficies “cerradas”, sí. Es lo que evita desconchones y falta de adherencia.
3) ¿Qué acabado aguanta mejor el uso diario?
Satinado lavable suele ser el más equilibrado: resistente, fácil de limpiar y disimula mejor marcas que el brillo alto.
4) ¿Cuánto tiempo tarda en estar “usable” una puerta recién pintada?
Al tacto seca rápido, pero para uso normal conviene esperar 24–48 h (según producto y ventilación) y evitar golpes o cierres fuertes al principio.
5) ¿Qué detalles hacen que parezca carpintería nueva?
Reparar cantos, pintar también marcos/tapetas, ajustar bisagras y cambiar tiradores. Ese combo es el que remata el efecto “estreno”.